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martes, 25 de noviembre de 2008
domingo, 16 de noviembre de 2008
jueves, 23 de octubre de 2008
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Astillero
Astillero
Julio Hernández López
Fax: 5605-2099 • juliohdz@jornada.com.mx
■ Las trampas de la “unidad”
■ Desactivar y satanizar oposiciones
■ Aprovechamiento de desgracias
Ampliar la imagen DURANTE EL GRITO DE LOS LIBRES. Las senadoras Yeidckol Polevnsky Gurwitz y Rosario Ibarra de Piedra junto con Andrés Manuel López Obrador durante el acto popular celebrado la noche del 15 de septiembre en el Zócalo de la ciudad de México Foto: José Carlo González
En los meses recientes, el escenario político y la sensibilidad social han sido cambiados con rapidez por sucesos impactantes (el caso Martí; ahora el estallido de granadas en Morelia) que hacen aflorar sentimientos primarios válidos y compartidos pero peculiarmente exacerbados por los mismos responsables o beneficiarios de esos males detonados y que, con esa oportuna generación de ansiedad y desasosiego colectivos, empujan a la sociedad desvalida a buscar soluciones desesperadas y a asumir un discurso mediáticamente impuesto que convoca a la unidad nacional y al abatimiento de las naturales y largamente cultivadas diferencias políticas e ideológicas, para entonces así, de manera mágica y sin crítica que pueda ser “patrióticamente” válida, luchar todos los mexicanos por supuestos intereses superiores, sin recordar ni ahondar en las causas de las catástrofes y mucho menos atreverse a señalar a los culpables y exigir correcciones o castigos.
Una primera lectura de lo sucedido la noche del 15 en Morelia apunta sin duda a Felipe Calderón como el blanco político escogido. Fue en su tierra natal (donde, además, residen varios de sus familiares) y donde 10 días después de haberse hecho del poder había arrancado la llamada “guerra contra el narcotráfico” (11 de diciembre de 2006, cuando el “gabinete de seguridad” anunció la Operación Conjunta Michoacán, primer paso de lo que sería la actual “guerra contra el narcotráfico”). Y fue virtualmente a la misma hora en que ese político cumplía con la ceremonia oficial del grito de Independencia, en un Zócalo que una hora atrás había escuchado un discurso opositor reiterativo que sin embargo constituyó por sí mismo la confirmación de que el poder real no está en los recintos oficiales.
Pero la estrategia del gobierno de facto pasa por convertir todo error en virtud y toda desgracia social en oportunidad de legitimación. Sonriente, casi triunfador, Calderón es capaz de convocar a un concurso nacional de detección del trámite más inútil de los que su gobierno impone a los ciudadanos, como si él fuera ajeno a lo que sucede, una especie de ONG con domicilio provisional en Los Pinos para recibir donaciones y reclutar voluntarios para luchar contra los abusos del poder establecido. En ese tenor, lo más grave ha sido la transmutación de episodios dolorosos en estrategias políticas perversas: el asesinato del hijo secuestrado de un próspero empresario fue utilizado para promover la aparición y movimiento de una fuerza social de clase media y grupos derechistas que sin programa ni organización política ayudaron a sustituir en la agenda política el tema de la defensa del petróleo por el de la lucha contra la inseguridad pública.
Y, ahora, la peculiar nueva gradación de los ataques armados de ciertos narcotraficantes (¿por qué o para qué habrían de atentar contra población inocente?, ¿cuál es la ganancia esperada de quienes hasta ahora han actuado con cierto éxito, para sus propósitos, mediante mantas informativas y ataques directos a policías y militares?) es utilizada por el habitante provisional de Los Pinos para convocar a los mexicanos a cerrar filas en derredor de su gobierno, un gobierno largamente impugnado por su origen electoral fraudulento, por la división social que impuso, por las políticas altamente dañinas para el interés nacional que impulsa y, además, por haber sumido al país en un baño de sangre a causa de una “guerra” contra el narcotráfico que él determinó por sus intereses específicos de militarizar al país (para así tomar control de él, aunque sólo fuera por las armas sacadas a las calles, y para estar en condiciones de enfrentar revueltas o protestas sociales), de servir a los planes estratégicos de Estados Unidos y, también, de establecer nuevas reglas de mercado, con nuevos gerentes nacionales y regionales, en el negocio imparable de las drogas.
La pretensión felipista de aprovechar los sucesos trágicos de Morelia para abonar sus tierras sin títulos válidos queda de manifiesto en el discurso que ayer pronunció ante el Ángel de la Independencia. No hubo ningún asomo de autocrítica en relación con una “guerra” tan mal llevada y planteada que hoy ha comenzado a pagar masivamente víctimas inocentes. Lo que más importó al comandante en jefe del Ejército Mexicano fue insistir en la importancia de que haya unidad nacional, “sin importar creencias, sin importar posiciones ideológicas”, una unidad “sin excepción ni cortapisa”, en la que no haya lugar para quienes “pretenden sembrar el miedo o el desaliento para satisfacer ambiciones o intereses personales o de grupo”. Las palabras de Calderón parecerían dirigidas más a las contiendas políticas, partidistas y electorales, y en especial en la lucha cerrada en defensa del petróleo que mexicanos decididos han anunciado: “La Patria, La Patria exige la unidad nacional, unidad que supone un repudio unánime y sin matices a tan repudiables hechos, unidad que implica dejar ya a un lado acciones o intereses que buscan dividir a los mexicanos”. Declarado por sí mismo intérprete y vocero de La Patria, el predestinado Calderón dejó en claro, enseguida, que si habla a nombre de ella es porque, en realidad, ella ha encarnado en él (La Patria soy yo: letrero de ganga en un sillón Felipe XIV): “Unidad que asume el hecho de que toda la fuerza de los mexicanos, concentrada en las instituciones que lo representan (‘Yo soy el representante, yo, yo’, grita entusiasmado un ciclista fallido a mitad de esa frase), y en el Estado que organiza a la Nación, se aboque, precisamente, a esta prioridad nacional”. ¿Guerra contra el narcotráfico o guerra contra AMLO y la defensa del petróleo?: “La Patria exige unidad en los mexicanos. Se puede discrepar pero no deliberadamente dividir y enconar. Se puede opinar distinto en la libertad que nos han heredado nuestros próceres, en el marco de libertad que el propio Estado garantiza, pero no se puede atentar contra el Estado mismo. Por eso, en nombre de la República demando a todos los mexicanos, sin excepción, en esta hora crítica, la unidad que México necesita”. ¡Hasta mañana!
Editorial Septiembre 17.
Editorial
Ante la barbarie, respuesta improcedente
La noche del lunes pasado, durante la celebración del 198 aniversario del inicio de la Independencia, varios artefactos explosivos fueron activados en la repleta plaza Melchor Ocampo, de Morelia, Michoacán. El saldo del atentado es, según cifras de la procuraduría estatal, de siete muertos y más de un centenar de heridos.
El ataque, abominable desde cualquier perspectiva, constituye un nuevo escalón en la barbarie que sacude al territorio nacional, en la medida en que ha tomado como objetivo a personas inocentes y ajenas a los conflictos entre organizaciones criminales y a las pugnas entre éstas y las corporaciones de seguridad pública.
Si se considera que este atentando artero contra civiles fue perpetrado en la ciudad natal del titular del Ejecutivo federal, en el momento culminante de la más significativa ceremonia republicana y horas antes de la mayor exhibición de fuerza militar por parte del poder público –es decir, con la garantía de una cobertura informativa masificada e instantánea–, es inevitable percibir en esta atrocidad tanto la intención de provocar un impacto mediático de gran escala en todo el país como la carga simbólica de un inequívoco mensaje de desafío a las más altas instancias del Estado.
La sociedad se encuentra ante un hecho delictivo de extremada violencia que escapa, al parecer, a la lógica tradicional de disputas territoriales, venganzas y ajustes de cuentas en el seno de la delincuencia organizada, y asiste al surgimiento de ataques homicidas perpetrados sin otro propósito que causar pánico y zozobra en la población y en las autoridades.
En el desfile militar de ayer, en un discurso fuera de programa, Felipe Calderón Hinojosa formuló severas descalificaciones contra los autores del atentado, lo vinculó de alguna forma con la fractura política que vive el país, exhortó a la oposición a renunciar a sus posturas e hizo un enésimo llamado a la unidad nacional que, según él, ameritan sus estrategias contra la criminalidad. La alocución referida falló en el tono, expresó ideas erróneas y, lejos de aportar elementos para la comprensión de lo ocurrido, introdujo factores adicionales de confusión ante la opinión pública: en una circunstancia como la presente cabe esperar de una jefatura de Estado firmeza, sí, pero también serenidad y mesura en la formulación de los problemas. En cambio, los ácidos denuestos vertidos por Calderón contra los agresores criminales dejaron ver inseguridad y descontrol. Adicionalmente, por más que haya resultado tentador el empleo de la expresión “traidores a la patria” en un discurso de 16 de septiembre, llamar así a quienes, en rigor, no lo son –y no hay aquí afán alguno de exculpar a los responsables del atentado, sino reclamo de precisión conceptual–, confunde y distorsiona la percepción pública del fenómeno delictivo. Lo más preocupante del mensaje comentado es la referencia a la polarización política que afecta a la ciudadanía, como si esa división fuese un factor causal o un agravante de la escalada de violencia delictiva y como si, para erradicarla, bastara con que la oposición depusiera sus diferencias con la administración actual.
La fractura referida, hay que recordarlo, no empezó antenoche en el Zócalo capitalino, sino en las postrimerías del foxismo, cuando el régimen intentó impedir por todos los medios –legales e ilegales– la llegada al poder de un proyecto alternativo de sociedad y de país, y se profundizó en el desaseado proceso electoral de julio de 2006, que culminó con la conformación de una presidencia impugnada por un tercio del electorado y deficitaria en legitimidad. El colapso de la seguridad pública y la ofensiva de la criminalidad, en cambio, son resultado de la desintegración social causada por el ciclo de gobiernos neoliberales todavía vigente y por la falta de visión y pericia de la actual administración.
El movimiento opositor al que Calderón Hinojosa exhortó ayer a la claudicación es, sin embargo, diametralmente opuesto a la salvaje violencia delictiva que se hizo notar en Morelia: mientras que ésta sembraba la muerte, el dolor y el pánico en la plaza central de esa ciudad, los seguidores de Andrés Manuel López Obrador hacían gala de civismo y espíritu pacífico en el principal espacio público de la ciudad de México, cercado por las fuerzas federales de seguridad, y que, sin embargo, fue ocupado, utilizado y desalojado en completo orden y disciplina por los integrantes de la resistencia civil. No hay razón ni justificación, por lo tanto, para mezclar, en una misma alocución, asuntos tan distintos e inconexos como las contiendas políticas en curso y el sangriento acoso de la criminalidad organizada.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Astillero
Astillero
Julio Hernández López
Fax: 5605-2099 • juliohdz@jornada.com.mx
■ El silencio de los inocentes
■ Solución: la gallina
■ Fractura de badajo
Ampliar la imagen “Queremos corregirle la plana a Dios”. El cardenal Norberto Rivera Carrera criticó severamente la decisión de la SCJN sobre la despenalización del aborto en el DF y a la sociedad actual, que asume una postura de comodidad, “atrincherada en su egoísmo” Foto: María Luisa Severiano
¿Qué fue primero, el huevo (la corrupción, la desigualdad, la injusticia) o la gallina (la inseguridad, el narcotráfico, los secuestros)? Para que el respetable público no se quiebre la cabeza, la siempre supletoria televisión ha dado la respuesta: lo primero fue la gallina, pero no toda ella sino una de sus partes, la inseguridad, sobre todo en una de sus expresiones más brutales, el secuestro. Concéntrense, pues, las fuerzas sociales en los esfuerzos despolitizados, descafeinados, embargables por los verdaderos inversionistas y ganadores, de buscar resolución (parcial, selecta, cupular: aparente) del problema gallináceo y no de sus orígenes y causas. No importa el saqueo del país ni quienes lo han hecho, no importa el fraude electoral ni sus consecuencias sangrientas, no importa cómo se ha llevado la desigualdad social y económica a niveles que propician la criminalidad y el horror cotidiano, no importa que unos cuantos se quieran quedar con el petróleo nacional y con ello generen más injusticia, desigualdad y criminalidad sin cuello blanco: lo que importa hoy es que todo mundo esté atento al conejo blanco (la gallina) de la lucha contra la inseguridad, sin asomarse a la negra chistera y sus trucos ovales de virtual expropiación en favor de particulares. Que no haya apátridas que se fijen hoy en el huevo, sino en la gallina. Mexicanos al grito de la tv, el silencio aprestad y el marchar.
Son ríos de color blanco que caminan rumbo al Zócalo. Neutros, en contención voluntaria, se esmeran en plantear un par de consignas básicas (“México, quiere paz” y “Si no pueden, renuncien”), pero su abstinencia expresiva, o su reducción a lo mínimo, es sustituida (¿secuestrada?) por los mecenas mediáticos (a los movimientos sociales, por sus patrocinadores los conoceréis) que ponen a sus conductores y comentaristas afamados a darle el sentido conveniente al silencio de los inocentes, a pintar el blanco caminante con los colores mejor canjeables por los dueños de la paleta cromática fraudulenta (muchos de esos impresentables ejecutantes del negocio llamado periodismo son y han sido cómplices y beneficiarios de las mil transas del poder; periodistas de camioneta blindada y guardias privados y públicos, convidados hipócritas de los banquetes de las alturas que, sin embargo, asumen posturas de “indignación” por las consecuencias de lo mismo que justifican y convalidan en lo sustancial).
El huevo y la gallina o el nuevo silencio de los inocentes (lambs, en el título literario y cinematográfico original, es decir, corderos). Érase que se era un caso criminal de elite (el reprobable asesinato de un adolescente secuestrado, hijo de un conocido empresario deportivo) que fue tomado de botepronto por mentes políticas criminales para fabricar un episodio colectivo de exacerbación de justos enojos sociales acumulados y convertirlo en sustituto o, cuando menos, en gran distractor del proceso de acumulación de fuerzas populares que se opondrían, tal vez de manera terminal, al gran negocio de la privatización petrolera que beneficiará a muchos de los grandes empresarios que decidieron entretener a las masas con el espectáculo de la irritación magna y oportunamente publicitada. En el gatopardismo cínico, que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Que la privatizadora derecha monte el gran espectáculo del enojo ciudadano (con la señora Morera organizando hoy con Calderón lo que cuatro años atrás tejió con Genaro García Luna, ahora secretario federal de Seguridad Pública) para que no haya ambiente, condiciones, lugar, para lo que quiera hacer la rebelde mano izquierda.
Y así se llega al momento de las horas contrapunteadas y los espacios políticos y periodísticos escamoteados. Todo el espacio periodístico a la marcha promovida y todo el enfoque al accidentado de Los Pinos y sus promesas de que ahora sí hará lo que en casi dos años no ha hecho, y ahora menos que nunca tiene condiciones para hacer (el alineado Marcelo también cumple, desde luego, su papel de convalidación del nuevo poder “ciudadano”). Pero de lo que se trata en los medios aliados no es de criticar a Calderón ni dar contexto para entender que su palabrería sólo trata de ganar tiempo, sino de atiborrar de información “positiva” a partir de lo negativo, de dar relevancia a las promesas felipenses aunque la hemeroteca dé razones en contra. Y (comprobable mediante la simple lectura de los diarios dominicales y sus páginas de Internet) de acorralar, marginar y posponer al movimiento de resistencia a la privatización petrolera. Hoy, lo importante es la gallina (la inseguridad) y no el huevo (las transas empresariales, el saqueo de lo colectivo, la inviabilidad de la nación). Nada debe distraer a los mexicanos de su patriótica tarea de resolver lo de la inseguridad. Ya habrá tiempo más delante (por ejemplo, después de que el Congreso apruebe por mayoría pripánica y complicidad chucha las reformas del asuntillo menor del petróleo) para politiquerías y grupismos y demás. Hoy: la inseguridad, y nada más.
El golpe de las veladoras electrónicas impacta las filas resistentes. En el Monumento a la Revolución, López Obrador denuncia un fraude más y llama a abrir un expediente judicial más (contra Fox, contra Calderón). Explica la inseguridad pública a partir de la injusticia social. Y entre el marasmo de los previos oradores cansinos a los que la gente desatiende casi con profesionalismo, y luego de largos pasajes oratorios andresinos que bien pudo cumplir un maestro de ceremonias (la relatoría de las brigadas y sus responsables, por ejemplo), se anuncia que el próximo 15 se dará el grito bicentenario en pleno Zócalo, en la noche, en colindancia horaria con el que Felipe I encabece si el tiempo (político) lo permite y si la operación de espalda, perdón, ésa fue de Fox, si la fractura de hombro y lesión en una rodilla no se lo impiden con oportunidad médica manejable, según se vayan viendo las cosas. ¡Hasta mañana, en esta columna que hace política resbaladiza en bicicleta!
Despues de la Marcha...
Editorial
Inseguridad: sociedad dividida
El sábado pasado, en diversas ciudades del país, miles de ciudadanos se manifestaron para protestar por el colapso de la seguridad pública y para exigir el fortalecimiento del combate policial y judicial a la delincuencia. La gran mayoría de los participantes tuvo como motivaciones el dolor y la rabia por haber sido –en sus propias personas o en las de allegados– víctimas de la criminalidad organizada o bien por el deseo de solidarizarse con quienes han sido afectados por ella. Como ocurrió en demostraciones precedentes –1997 y 2004– la mayor parte de la concurrencia estuvo integrada por personas de clase media y alta, lo cual no resta legitimidad a la exasperación, pero sí produjo un sesgo conceptual inevitable: se marchó no contra la delincuencia y la corrupción en general, sino contra el asalto, el secuestro con demanda de rescate, los homicidios y las lesiones que se perpetran en el ámbito de esos ilícitos.
Tal percepción superficial e incompleta del fenómeno delictivo que se extiende por el país armoniza plenamente con lo que ha hecho hasta ahora el grupo en el poder y alimenta, desde abajo, sus tentaciones de autoritarismo. Resulta alarmante, por ejemplo, que en las manifestaciones se haya escuchado la insistente petición de establecer en México la pena de muerte, una práctica bárbara y regresiva que no sirve para disminuir la criminalidad, pero que degrada, en cambio, a la sociedad en su conjunto y la coloca en el mismo nivel moral que el de los delincuentes.
Ayer, los convocantes de las marchas llevaron a Los Pinos sus peticiones y lograron que el titular del Ejecutivo federal, Felipe Calderón Hinojosa, decidiera crear al vapor un Instituto de Prevención del Delito, en el que participarán ciudadanos que bien podrían ser los mismos organizadores de las manifestaciones.
El establecimiento de una nueva instancia burocrática difícilmente podrá, por sí mismo, contrarrestar el pavoroso derrumbe de la seguridad pública. En cambio, las expresiones de descontento del sábado han dado un argumento a quienes, desde el poder público, pretenden profundizar, extender y consolidar las estrategias de “mano dura” en vigor, por más que éstas, si no han incrementado la inseguridad y el poderío de las bandas delictivas, han sido al menos inútiles para reducir tales fenómenos.
En contraste con las movilizaciones realizadas con el lema de “Iluminar México”, respaldadas por campañas publicitarias masivas y costosas, y promovidas y exaltadas por el conjunto de medios electrónicos privados, así como por la mayor parte de los medios impresos, el movimiento ciudadano en defensa del petróleo se congregó ayer en el Monumento a la Revolución en medio de un férreo bloqueo informativo, y sin más instrumentos regulares de convocatoria que volantes y correos electrónicos. Al margen de las cifras de asistencia a actos de masas, siempre polémicas y cuestionables, las muchedumbres de uno y otro acto tendrían que ser medidas no entre ellas, sino en relación con los aparatos de promoción de que dispusieron. Del efectuado ayer puede concluirse la persistencia de una porción de sociedad que no requiere de la televisión comercial para convocarse a sí misma y que mantiene viva su oposición frontal a las políticas gubernamentales en curso.
Si bien las partes centrales del discurso de Andrés Manuel López Obrador, principal orador en esa concentración, fueron el llamado a rechazar la privatización de la industria petrolera y la denuncia de un posible desvío multimillonario de recursos en Pemex –en 2004 la dirección de la paraestatal invirtió mil 135 millones de dólares en la adquisición de un buque-tanque cuyo precio de mercado era de menos de 230 millones–, el tema de la inseguridad y las marchas de la víspera estuvieron presentes en la alocución. En contraste con la insistencia oficial de combatir la delincuencia mediante recursos únicamente penales, policiales y militares, el ex candidato presidencial señaló que la violencia, la inseguridad y el poder logrado por la criminalidad son resultados inevitables de cinco lustros de estancamiento económico, políticas antipopulares, falta de empleo y deterioro sostenido de la educación pública. En consecuencia, dijo, para hacer frente al auge de la criminalidad es necesario revertir el modelo neoliberal aún vigente.
Por lo que se refiere a la seguridad pública, en suma, como en otros tantos temas, el país está dividido, por más que el discurso oficial y los medios privados se empeñen en presentar como el todo de la sociedad a la parte que los respalda y que responde a sus convocatorias.
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